Acción formativa: mucho más que evaluar sin poner nota
Durante años escuchamos hablar de evaluación formativa como si se tratara de una versión “blanda” de la evaluación tradicional. Pruebas sin calificación, rúbricas extensas, comentarios escritos al margen… Y sin embargo, notamos que algo no encajaba del todo bien. ¿Por qué, si el propósito era apoyar el aprendizaje, muchas de esas prácticas seguían dejando fuera lo más importante: el ajuste en la enseñanza?
De ahí nace una propuesta más clara y potente: hablar no de evaluación, sino de acción formativa. Porque lo esencial no es la prueba, ni la nota, ni siquiera la retroalimentación. Lo que realmente transforma el aprendizaje es lo que haces con la información que recoges en clase. Y eso, como bien sabemos quienes enseñamos, es una decisión didáctica, no solo evaluativa.
¿Qué es exactamente la acción formativa?
La acción formativa es un proceso en el que el docente recoge información sobre el aprendizaje de sus alumnos con un propósito claro: ajustar su enseñanza. Es decir, no se trata de acumular datos, sino de obtener pistas que permitan tomar decisiones concretas sobre cómo continuar.
Esa información no aparece mágicamente. Para obtenerla, el alumno tiene que pensar, verbalizar, resolver, equivocarse, producir algo que se pueda observar. Sin evidencia visible, no hay forma de saber si el aprendizaje realmente está ocurriendo. Pero tampoco basta con tener información: lo que cambia las cosas es la acción posterior.
Como lo explican Kneyber, Sluijsmans, Devid y Wilde López en Acción Formativa: De instrumento a diseño, este proceso implica cinco pasos:
1. Orientar – Plantear los objetivos y anticipar dificultades.
2. Recoger información – Hacer pensar y producir a los alumnos.
3. Analizar y discutir – Observar, contrastar ideas, retroalimentar.
4. Ajustar – Cambiar lo que haces según lo que ves.
5. Mirar atrás y adelante – Reflexionar y planear próximos pasos.
Un detalle importante: el primer paso ocurre en la mente del docente. Y el segundo es decisivo: sin actividad cognitiva del alumno, no hay señales sobre las que actuar.
Como ya señalaron Black y Wiliam (1998), lo que realmente influye en el aprendizaje no es la prueba en sí, sino el uso que el docente hace de la información recogida.
Tres estrategias que marcan la diferencia
Dentro de este enfoque, se pueden distinguir tres grandes estrategias, que no son recetas ni protocolos fijos, sino formas de pensar y diseñar el aprendizaje:
- Proceso de Indagación para la Acción (PIA): consiste en anticipar dónde pueden aparecer obstáculos, observar con intención y decidir con base en lo que ves. No se trata de medir, sino de mirar para poder actuar.
- Construir una noción de calidad: usar ejemplos, modelar y explicitar procesos mentales y ayudar al alumno a ver qué significa “hacerlo bien”.
- Organizar retroalimentación efectiva: facilitar procesos donde el alumno compara, revisa y mejora, con el foco puesto en avanzar hacia mayor independencia.
Estas estrategias no se aplican al azar. Se eligen con intención, al servicio de un objetivo de aprendizaje claro.
¿Y qué no es acción formativa?
Uno de los mayores malentendidos es pensar que basta con quitar la nota para que algo sea “formativo”. Pero en realidad la acción formativa no es:
- Poner pruebas sin calificación,
- Dar retroalimentación todo el tiempo,
- Diferenciar de forma automática para cada alumno.
Es, más bien, un proceso de ajuste situado. Ajustas cuando la información lo requiere. Actúas cuando lo que ves te dice que algo debe cambiar.
¿Por qué hacerlo?
Porque incorporar estas estrategias en tu clase, mejorará considerablemente el aprendizaje de los alumnos.
Al recoger información relevante y usarla para decidir, los docentes enseñamos con más foco. Los alumnos participan activamente porque comprenden hacia dónde van y qué se espera de ellos. Y las decisiones que tomamos (cambiar un ejemplo, alargar una explicación, volver a organizar una secuencia) tienen un impacto directo en el aprendizaje.
Además, nos prepara mejor para las evaluaciones finales: no porque “entrenamos para el examen”, sino porque alineamos objetivos, criterios y actividades desde el inicio.
Como recuerda Wiliam (2011), la esencia de la evaluación formativa está en esos pequeños ajustes diarios: un ejemplo distinto, una pregunta mejor formulada o un minuto extra de reflexión puede marcar la diferencia. En esa misma línea, Fletcher-Wood (2018) subraya que la enseñanza debe ser responsiva: observar lo que los alumnos hacen, interpretar con cuidado y ajustar con flexibilidad.
De la evaluación a la acción
Este no es un cambio que ocurre de la noche a la mañana. Es un desplazamiento en la mirada, una serie de pequeñas decisiones tomadas con conciencia. Y lo mejor es que puedes empezar mañana.
Porque al final, la clave no es solo recoger información. La clave es actuar. Y hacerlo cada día, desde la práctica, con intención y con convicción.
Referencias
Black, P., & Wiliam, D. (1998). Assessment and classroom learning. Assessment in Education: Principles, Policy & Practice, 5(1), 7–74.
Black, P., & Wiliam, D. (2009). Developing the theory of formative assessment. Educational Assessment, Evaluation and Accountability, 21(1), 5–31.
Fletcher-Wood, H. (2018). Responsive teaching: Cognitive science and formative assessment in practice. Routledge.
Kneyber, R., Sluijsmans, D., Devid, V., & Wilde López, B. (2024). Acción formativa: de instrumento a diseño. Editorial: Graó.
Wiliam, D. (2011). Embedded formative assessment. Solution Tree Press.
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